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Luego de la autorización conferida por Constantino permitiendo el cristianismo en el Imperio la Iglesia de Roma, y su Obispo, el Papa, recibieron de paganos convertidos a la religión de Cristo y de devotísimos cristianos un sin número de donaciones inmobiliarias en las cercanía de la Urbe. Ello dio lugar al nacimiento de lo que se denomina los “Estados Pontificios” o “Estados de la Iglesia”. Esta unidad política estuvo formada por un conglomerado de territorios centroitalianos que se mantuvieron como un Estado independiente entre los años 750 a 1870 bajo la directa autoridad civil de los Papas y cuya capital fue la Ciudad Eterna de Roma.
Por ello, el Pontífice además de ser la máxima autoridad religiosa de la Iglesia, desempeñó, simultáneamente la máxima magistratura temporal con el fin de proveer al buen gobierno de su feudo.
Esta realidad implicaba la existencia de instituciones políticas que convivían armónicamente debido a las dos potestades que ejercían los pontífices, aunque no pocas veces la función espiritual fue descuidada en beneficio de la política. Esto fue, justamente, lo que llevó a Julio II a mejorar las fuerzas armadas pontificias y a contratar a la Guardia Suiza como cuerpo de elite dedicado a su custodia personal.
La realidad política de la Iglesia, accidental según pero necesaria para la independencia espiritual del papado, permitió y justificó la toma de tal medida. En efecto, todo principado temporal formó su ejército y lo alistó para la defensa –o el ataque-, y la Iglesia no era ajena a los intereses políticos internacionales, por lo menos hasta el 20 de septiembre de 1870, fecha en que, como ya lo dijimos anteriormente, Víctor Manuel de Savoia tomó Roma y concluyó, luego de años de luchar militarmente con el Papado con la existencia del “Stato de la Chiesa” como Estado soberano internacional.
Esta situación desencadenó en una aguda crisis internacional (llamada Cuestión Romana) que sólo pudo solucionarse en 1929, cuando se firmó el Tratado-Concordato de Letrán entre la Santa Sede Apostólica y el Reino de Italia momento en el cual se creó el Estado de la Ciudad del Vaticano como unidad política soberana de la Iglesia.
Desde aquél momento el Pontificado recobró su potestad política y su plena soberanía temporal (que no la perdió totalmente durante el período 1870-1929). La Iglesia nuevamente tenía una realidad instrumental (el Estado del Vaticano) que le aseguraba la plena independencia de toda ingerencia política internacional –especialmente de Italia y luego, durante la II Guerra Mundial de Alemania, y de la ocupación americana de Italia-.
Es, por lo tanto, la realidad de la existencia de un Estado, y la figura de un soberano (El Papa) la que justifican la creación y el mantenimiento de un cuerpo militar destinado a defensa del Pontífice y su Estado.
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