 Juan Pablo II en su ultima visita a nuestro pais. A tres años de su partida, el “México Siempre Fiel”, como el lo bautizó, no lo dejó ausentarse porque él así lo advirtió. Inició su pontificado en nuestra tierra y prometió regresar.
Visitó cinco veces nuestro país, decidió encomendar el inicio de su pontificado en nuestra tierra y prometió regresar.
Además, lo hizo después de que el 21 de septiembre de 1992 el presidente Carlos Salinas de Gortari restableció las relaciones diplomáticas con El Vaticano.
El “México Siempre Fiel”, como el lo bautizó, no lo dejó ausentarse porque él así lo advirtió.
Hasta su quinta y última visita, en agosto de 2002, los encuentros fueron siempre emotivos, pero en esa ocasión luchó contra sus males y dio un adiós inolvidable a los mexicanos.
''Me voy pero no me ausento”, sentenció Juan Pablo II poco después del impacto que dejó en su corazón la cálida recepción que le otorgaron los mexicanos, el 2 de agosto de 2002, en su última visita a México, la quinta.
Ya lo había anunciado, cuando vino por primera vez a tierra azteca, ya había pronosticado que lo llevaría en su corazón siempre, pues antes de abordar el avión de regreso a Roma confesó: “Tuve que vencer la tentación de quedarme en México”.
Se dijo un papa mexicano, desde ese 31 de enero de 1979, la primera vez que se hincó para besar el suelo de un país que atisbó todos sus movimientos.
Llegó del 26 al 31 de enero de 1979; para asistir a la III Conferencia Nacional del Episcopado Latinoamericano.
En ese entonces, el presidente de la República , José López Portillo, no recibió al Papa como jefe de Estado.
Entrega. En territorio azteca, Juan Pablo II veneró a la Virgen Morena , en la Basílica de Guadalupe habló de la fidelidad de los mexicanos con la Iglesia católica, del amor de un México que demostró fervor y devoción.
Cuando visitó el país quiso conocer, abrazar y solidarizarse con “los hermanos que creen en Cristo”, para mostrarle a cada mexicano creyente que Dios lo ama, y también “para recibir de ellos el estímulo y el ejemplo de su bondad, de su fe”.
Ese primer viaje fue, dijo fue una peregrinación de fe, durante su estancia en un México que paralizó sus actividades por seguirlo cada instante, Juan Pablo II se postró ante la Virgen de Guadalupe, invocó su ayuda y se puso en sus manos.
El peregrino del amor y la esperanza, volvió por segunda vez en mayo de 1990, y la recepción rebasó la calidez de 1979.
Como parte de la intensa actividad pastoral que realizó, llevó a cabo la beatificación de cinco mexicanos entre ellos Juan Diego, pero además se reunió con intelectuales y se identificó “plenamente” con los pobres y marginados”.
Juan Pablo II se entrevistó con el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, quién le recibió en privado en Los Pinos aunque tampoco lo recibió en el aeropuerto como jefe de Estado.
Los religiosos no pudieron asistir con vestimenta religiosa, lo hicieron de traje y corbata.
Sus huellas. Visitó Veracruz, como “puerta de entrada de la evangelización”, también Aguascalientes, donde proclamó a Cristo, el maestro por excelencia, en San Juan de Los Lagos, fue un Papa con el alma joven que habló para la juventud a quienes invitó a mostrar su fe.
No se conformó, en Durango se dirigió a los empresarios, justos, creadores de trabajo.
Pero fue en la cárcel donde dejó una profunda huella de su segunda visita; llevó su mensaje de amor a los presos que eran maltratados.
En Chihuahua encareció a las madres mexicanas, “imitadoras de la Madre de Dios y de la Iglesia ”. Estuvo además en Monterrey, Tabasco, Tuxtla Gutiérrez, Zacatecas y el Estado de México.
No resistió la tentación, en efecto, volvió por tercera vez en agosto de 1993 y aunque estuvo apenas unas horas y sólo visitó la ciudad de Mérida en cumplimiento de un compromiso-encuentro con los indígenas representantes de Latinoamérica, ofreció a México un legado de fidelidad y paz eternos.
Cambios. Esa visita fue peculiar, estaba programada para octubre, de 1992 pero no se pudo realizar porque el Santo Padre se recuperaba de una intervención quirúrgica.
Pero en 1993 estuvo en territorio mexicano, justo cuando cumplía 15 años como Sumo Pontífice.
Pero, además, en su estancia del 11 y 12 de agosto de 1993 por primera ocasión un mandatario, Carlos Salinas de Gortari, lo recibió tanto en el aeropuerto como en Los Pinos, y se permitió a los miembros del clero asistir a la recepción con su indumentaria habitual, debido a que se cambió el protocolo que reconocía la personalidad jurídica de la Iglesia como consecuencia de la reforma constitucional del 21 de septiembre de 1992.
Su principal finalidad, dijo era ser un Papa peregrino, que propiciara la unidad, comunión, servicio, para estar lo más cerca posible de toda grey católica a él encomendada.
México le dejó un testimonio de agradecimiento perenne por ser un “luchador incansable, porque reine la paz, el amor, la bondad, la justicia, la libertad y el respeto a los derechos humanos.
“Semper fidelis”. Antes de irse les recordó a los mexicanos, que Dios los ama, respeta y admira, a todos y cada uno de los habitantes de México, les dijo: “México, siempre fie, fiel a sus tradiciones, ricas y variadas, fiel a su destino de nación grande”, los mexicanos, fieles al Papa, fieles a la Virgen de Guadalupe, fieles a Jesucristo.
Regresó en enero de 1999, se presentó a la Ciudad de México para leer las conclusiones del Sínodo de América, en la Basílica de Guadalupe y proclamó el 12 de diciembre de cada año con el rango de fiesta en toda América por la Virgen de Guadalupe.
Fue recibido en el aeropuerto y en privado por el presidente Ernesto Zedillo, también recibió las llaves de la ciudad de parte de Cuauhtémoc Cárdenas, quien había puesto algunas objeciones al tratamiento oficial de la visita.
En un encuentro en el autódromo Hermanos Rodríguez, celebró esa ocasión una misa para un millón de fieles, dedicada a los laicos en su misión dentro de la Iglesia y fuera de ella; en el mundo.
En el hospital López Mateos, visitó a los enfermos para ofrecer su amor unido a la cruz redentora de Cristo.
En el Estadio Azteca, atiborrado de feligreses, encabezó el “Encuentro de las cuatro generaciones”, ahí exhortó a los jóvenes a trabajar por un mundo de mejor calidad humana y cristiana, para que no se dejaran vencer por el mal.
“El año pasado me sentí un Papa carioca, hoy me puedo sentir mexicano”, aseguró.
Pero, el amigo, el hermano del alma, viajó a México por última ocasión en agosto de 2002, contra todo pronóstico y retando su propia salud, el Papa peregrino fue recibido por el presidente Vicente Fox, así inició su quinta visita a tierras mexicanas.
Esa ocasión, era especial, para Juan Pablo II: santificar al beato Juan Diego, testigo de la aparición de la Virgen de Guadalupe.
Notoriamente agotado, pero satisfecho, Juan Pablo II se despidió de México por última vez el 2 de agosto de 2002 refrendando su agradecimiento a los fieles mexicanos.
“Al disponerme a dejar esta tierra bendita, llega a mi mente lo que dice aquella canción en español: me voy, pero no me voy.
Me voy, pero no me ausento, pues, aunque me voy, de corazón me quedo. México lindo, que Dios te bendiga”, esa frase retumba hoy en el sentir de cada mexicano.
Su discurso evangelizador en las cinco visitas, penetró hondamente en la Iglesia católica mexicana.
Abordó temas como la fidelidad, la devoción a la Virgen de Guadalupe, el papel de ella en la evangelización, la práctica de la caridad hacia los enfermos, la dignidad del indígena, el respeto al trabajo de los demás y la educación cristiana.
Por eso, el “México Siempre Fiel”, como el lo bautizó, no lo dejará ausentarse, porque él así lo advirtió.
Su quinta y última visita fue un adiós que los mexicanos no olvidarán. La palabra del Sumo Pontífice llegó a todos los rincones de la República Mexicana que ayer se conmocionaron al sentir tan cerca su partida. |