El Papa, las riquezas y otros PDF Imprimir E-Mail
escrito por P. Miguel Ángel Fuentes   
domingo, 18 de junio de 2006

¿Por qué se dice que la Iglesia católica es rica y se ataca al papa acusándolo de vivir en riqueza mientras otros mueren de hambre?

Otra persona nos escribía

"Con el debido respeto a su persona, le comento que su artículo es falso y mañoso, buscando solamente excusar el mal uso que la Iglesia ha hecho y hace de las riquezas que ha obtenido en prácticas sucias y atentatorias de la libertad con los robos de la santa inquisición, como las canonjías que obtuvo de reyezuelos de la edad media llenos de miedo, como Carlomagno de los francos, de las indulgencias, el robo más descarado de la historia, y así le puedo seguir hasta la actualidad donde tienen revistas como Time, fabricas de píldoras anticonceptivas, y le recuerdo a Roberto Calvi quien les quebró el banco ambrosiano, así como de sus acuerdos con las mafias del mundo. ¿Qué me dice de sus acuerdos con Hitler?


Respecto de las acusaciones delirantes que se contiene en esta última consulta, realmente no entiendo qué quiere decir eso del “debido respeto a mi persona”; hubiera sido mejor tener respeto por la verdad histórica y hablar de lo que se sabe y se prueba, (como los jueces –ya que esta persona se hace juez– que deben juzgar solamente de alegata et probata, es decir lo que ha sido argüido y probado, y si no han probado nada, deben callar).

Es delirante lo que se dice de que la Iglesia está relacionada con la mafia, de que es propiedad suya revistas como Time, o que gestiona fábricas de anticonceptivos (¡precisamente la Iglesia, que es la única institución religiosa cristiana que condena en la actualidad el control artificial de la natalidad!), las relaciones mafiosas con Calvi y con Hitler, etc. Todas éstas son acusaciones que no tienen más fundamento histórico y más pruebas que las que pueden dar... películas como El Padrino, o novelas anticatólicas y calumniosas como El papa de Hitler, El código da Vinci, etc.

Acá debemos hablar como personas serias, si es que el interlocutor tiene un poco de amor por la verdad. Si tiene alguna prueba de lo que dice, le agradecemos una copia de la misma. A estas personas hay que recordarles que, cuando necesitan comer ellos, no van a buscar desperdicios en un basural sino que van a comprar a un almacén; del mismo modo, sería recomendable que cuando quieran alimentar la inteligencia no lean literatura de desperdicio, escrita por desequilibrados o mal intencionados, sino buenos textos, escritos por personas serias y de probidad científica.

De lo contrario, se sufrirá uno de los síntomas más extendidos en nuestro tiempo: el síndrome de malnutrición intelectual, que produce más muertes intelectuales que físicas el Sida. Como se ve por éstas y tantas otras acusaciones, en relación con el o los Papa/s y la Iglesia en general, también suelen aparecer, de parte de muchos protestantes, otras objeciones como las riquezas del Vaticano, la venta de bendiciones pontificias, las bendiciones a distancia, etc. Nos ocupamos muy brevemente del tema, en la medida en que, quienes ponen las objeciones, apelan a la Biblia para hacer la contraposición entre la actitud de Nuestro Señor y la actitud de los Papas.

Se dice, por ejemplo, que mientras Jesús nació pobre y vivió pobre, el Papa vive en Roma en un rico palacio y con muchas riquezas; etc.
¿Cómo se explicaría todo esto?

En primer lugar, quiero dejar sentado que todo esto no afecta las cosas que hemos dicho más arriba. Incluso suponiendo que estuviésemos hablando de algunos pontífices en concreto, que a lo largo de la historia han vivido de forma no ejemplar, queda en pie que todos los papas legítimamente elegidos suceden a Pedro en su cátedra y heredan, por tanto, las mismas prerrogativas de Pedro, las cuales incluyen el ser cabeza visible de la Iglesia, vicarios de Jesucristo y guías infalibles de la Iglesia en cuestiones de fe y moral, cuando hablan con autoridad pontificia. No incluyen las promesas de Cristo la impecabilidad de ningún Papa, como no incluyeron la impecabilidad de Pedro.

De este modo, las críticas que se puedan hacer a este respecto (si fuera sostenible alguna de ellas), afectarían al Papa en su dimensión privada y respecto de su santidad. No han faltado artistas que han puesto en sus representaciones del infierno algunos sacerdotes, obispos e incluso Papas, para recordarles que su dignidad no les garantiza la salvación (piénsese en el Infierno de Dante en la Divina Comedia, o alguna de las pinturas de Fra Angélico o Miguel Ángel). Pero sí garantiza su guía segura e infalible de la Iglesia.

Sobre la cuestión de las riquezas pontificias, digamos que no es posible a lo largo de los años, con el crecimiento físico de la Iglesia, mantener la misma estructura de la pequeña primera comunidad cristiana de los tiempos de Cristo y en la época apostólica. El Papa debe gobernar la Iglesia entera, extendida por toda la tierra, lo cual implica hoy en día un verdadero sistema de gobierno, compuesto por personas que se encarguen de la información, de la elección de autoridades a lo largo del mundo entero, de la formación de los candidatos al sacerdocio, del control de la doctrina y de las buenas costumbres, de la relación con gobiernos –y no sólo con personas privadas–, etc., todo lo cual cae bajo la solicitud de Pedro y sus sucesores.

 Esto ha ido, con el correr de los tiempos, exigiendo estructuras inmensas. Lo que en los primeros tiempos podía mantenerse con algunas cartas y legaciones personales, con el tiempo ha exigido un aparato burocrático cada vez más grande. Puede gustarnos o no; pero es inevitable. No puede manejarse (si pretende manejarse) del mismo modo una familia de 5 o 10 miembros, una municipalidad, una provincia, una nación o una comunidad extendida en el mundo entero. El mismo Jesús preanunció algo de esto en su parábola del grano de mostaza (cf. Mt 13,31-32), cuando comparó el Reino de los Cielos (es decir, su Iglesia) a un pequeño grano de mostaza que se convierte en un gigantesco árbol, en cuyas ramas vienen a anidar las aves de todas partes.

Así como un árbol necesita, para su manutención y para cumplir sus funciones vitales, innumerables cosas que no exigía la pequeña semilla de la cual nació, así la Iglesia no puede cumplir sus funciones con los mismos medios que lo hacía hace dos mil años atrás. Jesús, por su ministerio itinerante y el reducido número de sus discípulos, no necesitaba casas ni posesiones. Y sin embargo, necesitó de la generosa colaboración de algunas personas, las cuales lo seguían y ayudaban con su dinero: Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres... que les servían con sus bienes (Lc 8,1-3).

 No negó ni rechazó, por tanto, lo que necesitaba para su ministerio. Por otra parte, Jesús, hablando muchas veces del mal uso de las riquezas y del bien de la pobreza, nunca profirió ninguna palabra en contra de la riqueza y del esplendor del Templo de Dios; por el contrario, expulsó enérgicamente a los vendedores que profanaban la santidad del mismo (cf. Mt 21,12; Mc 12,42). En el Antiguo Testamento, es el mismo Dios quien determina la rica ornamentación de la Tienda de Reunión y, luego, del Templo divino. Esto nos manifiesta cómo el Evangelio enseña que no se debe escatimar en ornamentar la casa de Dios. Y así lo han entendido los grandes santos, como el santo cura de Ars, quien viviendo para sí en la extrema pobreza, nunca fue mezquino en gastos para la casa de Dios.

La fidelidad al espíritu de Jesucristo no radicará pues en no tener nada o seguir viviendo con la misma precariedad que vivía Él, sino en mantener el corazón libre de todas estas cosas como lo tuvo Él. Todos nosotros tenemos cosas que Cristo no tuvo: agua, gas, electricidad, autos, aviones, universidades, estudios universitarios, teléfonos, computadoras, etc., y no por eso pensamos que todo esto nos hace apostatar de nuestra fe o nos aleja irremediablemente de Cristo y de la Iglesia apostólica. ¿Por qué habríamos de aplicar esta falsa medida (que no nos aplicamos a nosotros) al Papa y a su curia pontificia?

Además, hay que distinguir siempre entre lo que el Papa posee personalmente y lo que pertenece a todos los cristianos e incluso a la humanidad entera como patrimonio universal, del cual el Papa es custodio, porque las circunstancias de la historia han puesto todas estas cosas a sus pies (muchas veces por medio de donaciones). Así, el Papa, de modo personal no posee sino lo necesario para su vida, y algunos papas han vivido de forma muy austera y pobre, siendo un ejemplo para sus colaboradores cercanos, como Pío X, Pío XII, Juan XXIII, Juan Pablo II y otros papas, de quienes sus médicos personales han dado testimonio que eran tan pobres que debajo de su sotana impecable llevaban pantalones remendados.

Pero esto es el campo de las anécdotas, las cuales son edificantes, pero no deben usarse para argumentar ni a favor ni en contra (muchas sectas aman argumentar a partir de anécdotas de abusos y malos ejemplos dados por algunos cristianos, deduciendo de allí la perversión de la Iglesia católica, como si no hubiesen leído en los Hechos de los Apóstoles los casos de Ananías y Zafira –Hechos, capítulo 5– o del mismo Judas en los Evangelios; ¿acaso estos ejemplos de fraude, mentira y traición los lleva a decir que la Iglesia fundada por Cristo es falsa, ya que uno de sus apóstoles lo traicionó, o la Iglesia en tiempos de los apóstoles es falsa por la mala actuación de estos malos cristianos? En fin, son incongruencias de quienes parcializan la fe para usarla de mandoble contra otros y no para alimentar sus corazones).


En el Vaticano hay ciertamente riquezas invaluables, más por su valor artístico en muchos casos que por su valor monetario (y otras, también de gran valor económico). Pensemos en las grandes obras de arte conservadas en sus museos. Pero éstas son patrimonio de toda la Iglesia (o sea de todos los cristianos) y, gracias a la custodia de la Iglesia, son también patrimonio de la humanidad entera, que puede gozar, instruirse y crecer intelectual, espiritual y culturalmente con su contemplación, estudio, etc. La Iglesia, en algunos casos, no tiene el derecho de deshacerse de ellas (por ejemplo, cuando se trata de obras de arte que a su vez están destinadas al culto divino), y en muchos otros, no es prudente que lo haga. ¿Dónde irían a parar si así lo hiciera? ¿A manos privadas? ¿Es esto justo cuando estas obras nos pertenecen a todos? Además, ¿es ésta una solución? (Una persona me escribió hace un tiempo esta consulta: “hace unos días en una reunión, se discutió el hecho que la Iglesia tuviera tanta riqueza material, ellos se referían a las obras, pinturas, estatuas, etc.; en especial hacían referencia al Vaticano y el comentario era: ¿‘por qué no se vendía todo para ayudar a los pobres’?).”

Lamentablemente, no sería ninguna verdadera solución, pues hay cálculos (que no sé qué seriedad tengan) según los cuales, si se vendiese todo el Vaticano, sólo se daría de comer a los pobres del mundo entero durante pocos días. La solución de la pobreza pasa por la conversión de los gobernantes y de los ricos de la tierra y por una mejor distribución de la riqueza, (que no puede lograrse sin la conversión de las costumbres y sin la honestidad de los poderosos).

Hemos dicho que no debemos responder a este tipo de objeciones con simples anécdotas, razón por la cual no indico aquí las cifras de dinero que destina cada año la Santa Sede (tomando de las limosnas y donaciones que recibe, las cuales muchas veces no cubren el déficit económico que dejan los gastos de mantenimiento y funcionamiento de las muchas dependencias de la Curia vaticana) a obras de misericordia en países más carenciados y en los lugares donde hayan sucedido catástrofes naturales o debidas a la imprudencia o malicia humana (como zonas de guerra); éstas pueden verse publicadas en periódicos y boletines como L’Osservatore Romano, Zenit, Aciprensa, etc., los cuales pueden buscarse y consultarse por Internet.

Recordemos simplemente que la misma Iglesia es la que ha suscitado, inventado, y lleva adelante y contra corriente (en algunos casos a pesar de campañas en contra de muchos gobiernos y particulares) obras de extrema caridad, económicamente infértiles, como orfanatos, leprosarios, hogares de discapacitados, misiones en países pobres, hospitales, cottolengos, etc. ¿Esto no se pone en la balanza cuando se habla o se piensa o se juzga sobre la relación de la Iglesia con los bienes de este mundo? ¿Somos tuertos que vemos por un solo ojo? ¿Y por qué nuestro ojo sano debe ser precisamente el que tiene la viga que impide ver la realidad del prójimo? Si es así, ¡qué pena! La salud mental depende de nuestro conocimiento sereno de la realidad, sin pasiones que la distorsionen.

Bibliografía: ver las obras citadas en los puntos anteriores y también L. Pastor, Historia de los Papas, 39 volúmenes, Gustavo Gili Ed., Barcelona 1961; P. Batiffol, La Iglesia primitiva y el catolicismo, Desclée de Brouwer, Bilbao 1960; M. Pacaut, Histoire de la papauté, París 1976; J. J. von Allmen, La primauté de l’Église de Pierre et Paul, Friburgo 1977; J. Gelmi, Los papas, Herder, Barcelona 1985; Paul Poupard, Papado, en: “Diccionario de las Religiones”, op. cit., pp. 1357-1361.