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Dado la encendida discusión (no la he visto aún en realidad casi… encendidas), originada de la encíclica “Spe salvi” de Benedicto XVI, con respecto al origen del hombre. Quisiera decir la mía y recordar que aquello que aparece comprobado científicamente es la evolución, o sea la transformación de las especies vivientes.
El evolucionismo, o sea la teoría que quiere interpretar y explicar la evolución, en cuanto a comprobaciones científicas permanece como una hipótesis.
Del mismo modo esta probada científicamente la microevolución, o sea las diversidades cualitativas y cuantitativas existentes entre las especies vivientes, resultantes de la combinación diversa de los mismos elementos.
Pero no está demostrada la macroevolución, o sea la aparición de especies vivientes absolutamente nuevas debidas al originarse novedad orgánica. Los más recientes descubrimientos de la genética, mientras confirman las leyes de Mendel (o sea la existencia de normas que con exactitud describen los mecanismos de la transmisión de los caracteres hereditarios de un individuo a otro), no confirman del todo la casualidad a través de la cual se verificarían la selección natural segúna la concepción darwiniana.
Ante esta evidencia, los neodarwinistas han reformulado su teoría, sosteniendo que la selección natural se verificaría haciendo que se transmitan sólo las mutaciones genéticas más adecuadas a la supervivencia: sólo dejando transcurrir periodos de tiempo larguísimos se podrían constatar cambios apreciables en la especie.
Esta nueva “teoría sintética” es comúnmente aceptada, pero los paleontólogos estadounidenses Jay Gould y Niles Eldredge, evolucionistas pero adversarios del lentísimo gradualismo, creen por el contrario que la aparición de nuevas especies acontecería de manera contraria, o sea con rapidez, por saltos.
Ni siquiera estas dos hipótesis contrapuestas -evolución lenta y evolución veloz- están documentadas científicamente.
Dicho esto, como cristiano me atengo al principio del realismo: la realidad viene antes que la teoría. Hasta que no sea probado científicamente el evolucionismo neodarwinista, permanece como una hipótesis que se puede discutir, tanto más cuanto no aparece sufragada por los más recientes descubrimientos sobre el ADN.
No se trata aquí de introducir argumentos filosóficos-metafísicos (como pretenden hacer por otra parte los negadores de la existencias de Dios que de paleontólogos se improvisan teólogos): come creyente no tengo ninguna dificultad en aceptar que el acto creativo de Dios haya sido el arranque inicial a la materia y las leyes que han llevado al nacimiento del hombre. Lo que no puedo aceptar como dato adquirido científicamente son teorías que por el momento no responden a los requisitos científicos.
No se trata aquí de hacerse los “creacionistas”, sino de atenerse a los hechos. Perdonen si lo digo, pero me parece esta una posición más laica que la de los muchos dogmatismos de quien pretende asegurar como un dato de hecho documentado y atestiguado que la jirafa es el resultado evolutivo del antílope necesitado de alcanzar las ramas más altas (incluso no se comprende por qué tuvo que cambiar también el color de la piel) o que la aparición del hombre es solamente fruto del azar. |