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La Cuaresma, que inicia con el rito de imposición de la ceniza, es un tiempo ideal para volver la atención hacia lo interior y descubrir que somos capaces de Dios.
En efecto, de entre todas las creaturas, solamente el ser humano tiene capacidad de Dios, de saber de Él, de conocerlo y de tratarlo. Nos hizo capaces de Él y estableció un canal de comunicación que es la oración, a la que define Santa Teresa de Jesús como “un trato de amistad, estando muchas veces, tratando a solas, con quien sabemos nos ama”.
En la tradición escriturística el desierto es el lugar del encuentro con Dios, a donde llevó a su Pueblo, luego del cautiverio en Egipto, para su liberación, pues quienes cruzaron el mar se encontraron con Él. Luego de ser bautizado por Juan en el Jordán, el espíritu de Dios empujó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días en una experiencia tan profunda que tuvo como resultado que al desierto entrara el Hijo del carpintero y del desierto saliera el Mesías, enriquecido con el conocimiento de su misión.
La cuaresma es el tiempo providencial para dejarnos llevar por Dios al desierto y dejarnos seducir por Él a fin de conocer la gran misión que a cada uno nos tiene reservada, pero que sin orar no es posible conocer. Por esto la práctica de la oración es necesaria durante este “gran retiro espiritual de cuarenta días” como ha llamado a la Cuaresma el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general celebrada el pasado Miércoles de Ceniza.
El desierto, más que un lugar, es un estado del alma que predispone al encuentro con Dios en la oración, en tanto que el ayuno, otro elemento del desierto, dispone al cuerpo para el diálogo con el Absoluto, pues queda en espera de recibir la vida y energía que el alimento contiene y que procede de Dios.
Para la cuaresma de 2008 el mensaje de Benedicto XVI lleva por título un versículo de la segunda carta de San Pablo a los corintios que dice que “Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por ustedes se hizo pobre”. El Papa expresa que “cada año la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañan concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrías, lo afirma Jesús de manera perentoria: -No pueden servir a Dios y al dinero-.”
El Papa hace notar que “la limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina” y añade que “la limosna educa a la generosidad del amor” pues Jesús “como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza; se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno”.
Es justo, sabio y bueno que en esta Cuaresma, especialmente cuando el relativismo dicta que poseer es lo adecuado, nos demos la oportunidad de dejarnos conducir por Dios al desierto, desprendernos de nosotros mismos, y practicar la oración, el ayuno y la limosna, para encontrarnos... con quien sabemos nos ama.
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